BIENVENIDOS A DATE CUENCA

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LEYENDAS DE CUENCA


EL GRIAL DE CUENCA



Según los expertos en la materia, la descendencia de Jesús y María Magdalena, entroncada con la sangre de los reyes merovingios, desembocada en diversas ramas genealógicas europeas a lo largo de la Edad Media.Una de las más importantes será la de los Plantagenet que, llevando el título de condes de Anjou, fundaría en 1154 esta dinastía en Inglaterra, con Enrique II como rey. Otra, igualmente notable, sería la de los Plantavelu, que a finales del siglo IX constituiría el ducado de Aquitania, y en el XII fructificaría en uno de los personajes más brillantes de su época: la duquesa Leonor de Aquitania. Estas ramas volverían a cruzar su sangre presuntamente claudica precisamente con el matrimonio de Enrique II Plantagenet, conde de Anjou y rey de Inglaterra, con la hermosa duquesa Leonor. De esta unión nacieron héroes cuyas hazañas forjaron la historia de los reinos europeos, protagonizando los versos de los trovadores y ocupando páginas de honor en los romances de la época. Entre los hijos de esta pareja figuran los famosísimos Ricardo Corazón de León y el llamado Juan sin Tierra, cuyas andanzas han sido llevadas al cine con más fantasía que realismo, vinculados a una tradición caballeresca al estilo de la del rey Arturo y sus griálicos caballeros. En la Edad Media, la nobleza era un club con muy poquitos socios y las familias estaban todas emparentadas, volviendo a casarse cada generación para establecer alianzas, mantener reinos y privilegios y conservar líneas genealógicas. Nada extraño en un sistema nobiliario basado en el derecho de sangre. Los enlaces entre primos de segundo grado y entre tíos y sobrino eran tan habituales que el motivo clásico para anular un matrimonio real era alegar ante la curia relación de parentesco entre cónyuges. Casi siempre la había. De manera que, a esas alturas, la antigua sangre del rey David corría, más o menos mezclada, por las venas de buena parte de la realeza europea, incluyendo, por supuesto, a los reyes castellanos y aragoneses.


Son muchas, y bien antiguas, las líneas de irrigación que llevan esa sangre al caudal de los monarcas peninsulares. Siguiendo una de ellas como ejemplo, tenemos al rey castellano Alfonso VI casado con Constanza de Borgoña, cuya abuela paterna no era otra que Constanza de Aquitania. De ese entronque aquitano saldrá, cuatro generaciones después, el rey de Castilla Alfonso VIII, conquistador de Cuenca y autor de las armas que campan en el escudo de la ciudad, ese cáliz y esa estrella de enigmático significado. De manera que, por las venas de este rey conquistador. corría sangre aquitana que venía de tan lejana fuente como la del rey David, pasando a través de Jesús y María Magdalena.


Y, repitiendo una vez más el cruce de parentescos, el rey Alfonso volvió a mezclar su sangre con esa dinastía sagrada de tan antiguos orígenes al casarse con una hija de Leonor de Aquitania y de Enrique II, rey de Inglaterra y conde de Anjou.


El linaje del Rey David


De manera que ya tenemos a nuestro rey Alfonso VIII dentro de la corriente de descendencia del rey David, casándose además con quien lleva la sangre de Anjou, que no es un linaje cualquiera en lo que afecta al Grial. Wolfram von Eschenbach, en su Parzival, incluye en este linaje a su protagonista, Parsifal, el caballero que encontrará el Grial, cuando dice que su padre es "un héroe extraordinario, un Anjou de esclarecida estirpe". Si tenemos en cuenta que en otros romance griálicos se insiste con tenacidad en que los caballeros vinculados con tan misterioso secreto son "del alto linaje del rey David", podemos ir atando cabos para suponer que ser Anjou y ser descendiente del rey David viene a ser lo mismo para los narradores de esta historia. Y si a todo esto le añadimos que sir Thomas Malory, en su obra La muerte de Arturo, dice expresamente que "Lanzarote viene solo del octavo grado de nuestro Señor Jesucristo, y Galahad del noveno", vemos cómo, en el contexto griálico, se da por sentado que Cristo tuvo descendencia y podemos concluir que ser Anjou significa que por sus venas corre no solo sangre davídica, sino también la de Jesús y de María Magdalena. Y eso es Leonor de Aquitania, hija del conde de Anjou: una descendiente del linaje sagrado, casada a su vez con Alfonso VIII, otro miembro del reducido grupo que podemos llamar Grial de sangre. Se unieron en un matrimonio real que ocultaba otra realeza mucho más profunda y antigua: la que nacía del sagrado trono del rey David.


Los reinos españoles y el grial


En las fechas de las que hablamos, las fronteras no eran las que conocemos hoy. El reino de Francia apenas cubría un pequeño territorio en torno a una isla del río Sena que no llegaba, por supuesto, a los Pirineos. Los terrenos al norte de la cordillera no pertenecían a la corona francesa. Eran propiedad de nobles caballeros independientes, vinculados por lazos de sangre y vasallaje a los reinos españoles de Navarra y Aragón. Eran las tierras de Languedoc, Gascuña, Rosellón, Aquitania, Provenza... Para hacernos una idea de cómo eran las cosas entonces, basta decir que la Aquitania era el doble de grande que el reino de Francia, y su duque Guillermo IX se jactaba de que nunca había prestado juramento de fidelidad al rey francés. Y estas son, precisamente, las tierras de¡ Grial, aquellas en las que su tradición se asienta, en las que surge el temprano culto a María Magdalena y la leyenda de¡ cáliz sagrado. Y son también las tierras por las que se extiende la herejía cátara con sus extrañas creencias sobre la Magdalena, y donde el Temple concentra el mayor número de propiedades.


Con todo esto, no es extraño que, en las narraciones medievales del Grial, aparezcan numerosas referencias a los reinos españoles. Los autores extranjeros, fundamentalmente franceses y anglosajones, ignoran este hecho, probablemente para seguir hablando de¡ Grial como cosa suya. Pero lo curioso es que los autores españoles tampoco se esfuerzan demasiado en resaltar la presencia, por derecho propio, de los reyes y reinos peninsulares en la leyenda del Grial, Siguiendo el texto más famoso, el Parzival de Eschenbach, nos encontramos ya con que el autor afirma basar su obra en un antiguo manuscrito encontrado precisamente en Toledo.


A partir de ahí, las referencias a España son constantes. Veamos unas cuantas. El padre de Parsifal, en uno de sus viajes, desembarca en Sevilla. "En aquel país ?dice el texto? conocía al rey. Era su primo Kaylet. Fue a visitarlo a Toledo". Por tanto, según el texto, llevaban la misma sangre y Parsifal seria sobrino de este rey peninsular. Quizá por eso el escudo que lleva Parsifal había sido "forjado en Toledo, en el país de Kaylet'.También hay abundantes alusiones al rey de Aragón, al que llama Schafillor. En una de ellas se narra cómo éste, en un torneo, "tiró al suelo, detrás del caballo, al viejo Utepandragun, rey de los britanos". Es decir, el rey aragonés vence al padre del mismísimo rey Arturo. Vinculado a la familia del Grial, aparece también un personaje llamado Kyot de Cataluña, que lleva el título de duque. Otro, de nombre Liddamus y rango de príncipe, dice tener "en Galicia,
muy diseminados, numerosos castillos, hasta Pontevedra". Los héroes de la búsqueda griálica montan caballos castellanos, y la montura del caballero Gawan luce una significativa señal: "En la grupa llevaba grabada a fuego una tórtola, el blasón del Grial".


El misterioso escudo de Cuenca


Cuando el rey Alfonso VIII de Castilla puso cerco a la ciudad de Cuenca en 1177, los musulmanes llevaban en ella cuatro siglos. No fue fácil la conquista. Amurallada en los altos riscos cercados por las aguas de los ríos Júcar y Huecar, la empresa no era precisamente sencilla, y el rey Alfonso necesitó la ayuda del monarca aragonés, Alfonso H. Pariente, por supuesto, además de tocayo, ya que descendía de Inés de Aquitania. También contó con el auxilio de los caballeros de la Orden del Temple, esa milicia de Cristo que, según los romances medievales, custodiaba el secreto del Grial. De manera que las fuerzas que plantaron cerco a la Cuenca musulmana eran "soldados del Grial", un ejército mandado por reyes que pertenecían a la estirpe sagrada. El asedio se inició el 6 de enero, día de la Epifanía, y duró nueve meses, hasta el 21 de septiembre, festividad de san Mateo.


Oficialmente, el escudo de Cuenca se confeccionó para conmemorar esta victoria y el rey Alfonso VIII concedió a la villa unas armas que recordaban los días de¡ comienzo y del fin de su conquista. La estrella, en representación de aquella que, en lejanos tiempos, guió a los Reyes Magos de Oriente en su largo viaje hasta el portal del Belén para adorar al Niño recién nacido, acontecimiento que la cristiandad celebra el 6 de enero. Y el cáliz, en representación de san Mateo, cuya festividad se celebra el 21 de septiembre. Esta es la interpretación oficial de las armas que componen el famoso escudo de Cuenca y, la verdad resulta bastante inverosímil. El asunto de la estrella puede pasar, aunque ya ve que oculta un significado más profundo de lo que parece. En cuanto a lo de san Mateo y el cáliz, es una versión que tiene poco asidero, ya que la iconografía religiosa nunca representó a este santo evangelista con una copa. Y si esta no es la interpretación correcta, ¿cuál es el significado que esconden los símbolos del escudo de Cuenca?


...y el Grial


De las intenciones que tenía el rey Alfonso queda todo lo que hemos dicho, sí, y también el escudo de Cuenca con las ¡armas que el rey le dio: una estrella ?ver cuadro? y un cáliz. Si sabía, como efectivamente sabía, que se casaba con un insigne miembro de esa dinastía sagrada, con una "Anjou de esclarecida estirpe" según el griálico texto de Wolfram von Eschenbach, y si quería hacer de Cuenca su Alfonsípolis, la sede de su corte y de su familia, parece que con las armas del escudo no queda reseñar el hecho de su victoriosa conquista, sino dejar constancia simbólica de la estirpe a la que él y su esposa pertenecían, para que su señal campeara sobre la ciudad elegida.


Así pues el cáliz sería una alusión directa al Grial, velada por la tradicional interpretación de que copa o caldero remiten sin más a esa forma orográfica de cuenco en el que la ciudad de Cuenca se levanta.


Pero todavía hay más. El escudo de Cuenca es una estrella suspendida sobre un cáliz, sobre un Grial. Una luminada que, según el Apocalipsis de Juan, es el planeta Venus, el lucero brillante de la mañana que distingue a los descendientes del rey David. Volvamos por un momento a las páginas finales del Párzival de Eschenbach. En ellas, una vez concluida la aventura de la búsqueda del Grial, el autor nos cuenta lo que ocurre con sus principales protagonistas. Parsifal se casa con la reina Condwiramurs y se convierte en el rey del Grial. Y tienen un hijo, Lohengrin, llamado el Caballero del Cisne". Se trata de un personaje al que los romances medievales convertirán en héroe mítico de la cultura sajona. Como vemos, Lohengrin es descendiente del rey David, al igual que el rey Alfonso VIII. Y también es un Anjou, como la reina Leonor. Pues bien, una narración del siglo XV, para señalar el origen de este Caballero del Cisne", dice que ha venido "del monte en el que Venus está dentro del Grial". De manera que aquí tenemos la referencia directa a este símbolo contenido en el escudo de Cuenca: la estrella ?Venus, el lucero del alba? suspendida sobre el Grial, señalando a otro ilustre miembro de la estirpe sagrada, según las legendarias crónicas sobre este secreto.


Tras todo lo visto, no resulta nada extraño que Alfonso Vi]¡, casado con esa Leonor de Inglaterra que llevaba la sangre de Anjou, escogiera tales símbolos para representarse a sí mismo en el escudo de la ciudad que llevada su nombre: Alfonsípolis.




LA CRUZ DEL DIABLO

La tradición sitúa esta leyenda en el siglo XVIII. 

Diego, hijo de un oidor de la ciudad, era la vergüenza de sus padres y de su familia, a los que deshonraba con costumbres licenciosas. De hermosa apariencia física, apuesto, conquistador, diestro en Justas y Torneos. Era, a pesar de sus calaveradas, el ídolo de las damas de la mejor sociedad conquense. Una dama misteriosa, que apareció en Cuenca durante el verano, consiguió interesar a Diego, que intentó en seguida su conquista, pero desaparició de la ciudad tan misteriosamente como había llegado, sin que el joven consiguiera encontrarla, hasta que iniciado el otoño apareció otra vez en la ciudad. Desde aquel momento, ya no se separó Diego de ella. De costumbres y manera tan licenciosas como aquél, la dama desconocida produjo el escándalo en Cuenca. Ante nada retrocedían, desprovistos de todo respeto humano y… hasta divino. Nada consiguió el padre de Diego cuando trató de apartarlo de aquellos amores y conductas. Por toda respuesta le dijo que pensaba casarse con aquella dama, de la cual nada sabía, excepto su nombre: Diana. Nombre pagano que asustó al oidor, y pidió a Dios por aquel hijo depravado. Continuaron aquellas relaciones escandalosas, y llegó el día de Todos los Santos. Precisamente aquella noche, la pareja, reunida con amigos y amigas de sus misma aficiones, se divertía y reía del miedo que mucha gente tenía en salir de su casa o bromear a propósito de los difuntos y vida de ultratumba. Diego llegó a discutir con Luís, uno de sus amigos, que se negó a acompañarle en un viaje que proyectó hacer en aquel mismo momento por el campo. De tal discusión resultó un desafío entre ambos, que quedó concertado para el amanecer del día 3, ya que Luís, temeroso, se negó a llevarlo a efecto aquella misma noche. Pero Diego y Diana, acompañados de unos pocos, salieron y se dirigieron hacia el atrio de la ermita de las Angustias. Ninguna de las alocadas damas les acompañó. Sólo unos pocos, que muy pronto dejaron solos a los amantes. La noche, tormentosa, con abundantes truenos y relámpagos, acabó en una lluvia que fue empapando los vestidos de Diana, sentada junto a Diego en las escaleras del atrio. Al advertir el joven el estado de Diana, completamente mojada, y tiritando él mismo de frío, le propuso guarecerse al abrigo de la ermita. La puso en pie, y al tratar de llevarla en brazos, debido a un relámpago deslumbrante y habiendo quedado un poco levantando el vestido, descubrió no una pierna de mujer, sino una horrible pata de cabra, peluda y fea, terminada en una horrible pezuña. Diego comprendió al momento su equivocación. Había estado coqueteando con el diablo, en forma de bellísima mujer. Subió las gradas de la escalera donde se habían sentado y abrazándose a la cruz pidió auxilio a Dios. La fingida Diana desapareció en un alarido, envuelta en siniestros resplandores. Diego aterrorizado, descendió las escaleras y se dirigió al convento de los Descalzos, en cuya puerta estaba la cruz. A su llamada respondieron los frailes, ante cuyo prior hizo el joven confesión de su terrible experiencia, así como de sus culpas. No quiso levantarse del suelo hasta que le permitieron quedarse en el convento. Su arrepentimiento fue sincero y total. Vivió aún largos años de vida ejemplar y penitente, y murió santamente. Recuerdo de esta leyenda es la cruz, que se conserva en el atrio del antiguo convento de los Descalzos, en cuyo centro se ve una mano extendida con cinco dedos, que según la tradición era la huella de la mano de Diego cuando se abrazó a la cruz pidiendo el auxilio divino, al identificar a Diana como el demonio.


Bajada de las Angustias y Cruz a la derecha.


Detalle de la mano en la Cruz.



LA CONQUISTA DE CUENCA
Y LA APARICIÓN DE LA VIRGEN A ALFONSO VIII.



Cuenta la historia que a lo largo del siglo XII, los cristianos llegan en sus correrías hasta las mismas murallas de Cuenca, sin posibilidades, en principio de apoderarse de ella, ya que su entonces inexpugnabilidad y la idea no muy clara de su conquista hace retroceder ésta hasta finales de dicho siglo. Pero cuando el joven monarca Alfonso VIII decide ir a su conquista nos encontramos ya en el año 1.177. Estaba convencido, y aunque se considerase ciudad inexpugnable, que podría hacerlo, por lo que hizo el firme propósito de conseguirla poniéndole un férreo cerco en la esperanza de rendirla inmediatamente. Para ello cuenta con el inestimable apoyo del Alfonso II de Aragón, la, recién fundada Orden Militar de Santiago y de los Templarios.

    El rey Alfonso VIII pone cerco a la ciudad colocando a su ejército de tal manera que nadie pueda entrar ni salir de ella sin ser controlado por él. Y cuenta la historia que aquella primera noche que el rey durmió en Cuenca tuvo, en sus sueños, una revelación en la que se le indicaba que en una oquedad que había un poco más abajo del puente musulmán, los primitivos cristianos habían escondido una imagen de la Virgen. Sólo sería preciso efectuar unas excavaciones no muy profundas y rápidamente hallarían la imagen de aquella Virgen. Dio orden para que un grupo de soldados buscasen en el lugar soñado encontrando una preciosa talla de la que sería después denominada Virgen de la Luz, ordenando construir una ermita para recordar el suceso muy cerca de donde fue encontrada.   


Figura de la Virgen de la Luz en el  río Júcar. 
(Esta Figura se encuentra detrás del árbol a la izquierda en la siguiente fotografía.)



Iglesia de la Virgen de la Luz en el barrio de San Antón.


   En esos bonitos sueños parece que la virgen había pedido al rey que iniciase la reconquista de la ciudad, pues ella estaría de su parte prestándole una importante ayuda para que rompiese aquel cerco de rocas. De tal manera que Alfonso VIII tomó la decisión de rodear Cuenca distribuyendo sus fuerzas estratégicamente. Para ello le pone sitio el día 6 de enero de 1.177, festividad de los reyes magos, con la certeza que en poco tiempo caería en su poder aquella hermosa ciudad tan importante ubicada originariamente en un escarpado farallón rocoso perfectamente rodeado por los ríos Júcar y Huécar. Decide amontonar hombres y material de guerra aprovechando aquellos días de inmenso frío y hielo, puesto que los árabes se habían visto obligados a atrincherarse al no estar acostumbrados a aquellas bajas temperaturas.

    El campamento principal lo mandó instalar en el llamado Campo de San Francisco, donde hoy se encuentra emplazada la Parroquia de San Esteban y la Diputación Provincial. Ordena situar a sus fuerzas de tal manera que no puedan recibir ayuda del exterior ni ninguna clase de víveres, el hambre podría ser su gran aliado ante tan difícil empresa. Se montan guardias a corta distancia a fin de que no puedan ser sorprendidos, permitiendo sólo la salida de los rebaños de los cristianos que vivían en el interior de la ciudad. De varios rebaños que salieron sólo permitieron regresase uno de ellos, ya que no querían sirviesen las ovejas de los mismo de avituallamiento del enemigo que dominaba y ocupaba la ciudad.    Como permitían los cristianos que algunos rebaños de ovejas pastasen en el espacio del actual Recreo Peral y la Puerta de San Juan (entonces Puerta de Aljaraz), fue motivo por el cual un día cuando un grupo de soldados cristianos vigilaban aquella parte del río divisaron como unos asnos y ovejas remontaban el terreno y desaparecían poco después. Con toda rapidez fueron en su busca, pero cuando llegaron al lugar por donde habían desaparecido observaron que había un fuerte portón de madera herméticamente cerrado, por lo que decidieron regresar al campamento y contar al rey lo que habían visto.

    Enterado el rey decide que un grupo de hombres expertos estudie el lugar durante algunos días controlando todo lo que por allí ocurra a cada momento.Así se hizo y al cabo de cinco días el monarca estuvo al corriente de lo que venía ocurriendo en esa zona cada minuto desde la salida del sol hasta el ocaso, incluso a lo largo de toda  la noche. Sin perdida de tiempo manda a sus mejores hombres con la misión de coger a un pastor cristiano que pase diariamente por aquella puerta y les explique qué deben hacer para pasar por aquel portón y tomar la ciudad. El rey presentía que hallarían la formula, pues tenía plena confianza de lo que la Virgen le prometió en sus sueños.    Cuando varios pastores regresaban a la ciudad con las ovejas fueron sorprendidos sin que los vigilantes de las almenas se diesen cuenta del hecho y en la refriega matan a dos de ellos. Cuando se acercaron al tercero (Martín Alhaja) se puso de rodillas gritando que era cristiano y que había recibido un mensaje de la Virgen para ayudarles a entrar en la ciudad. Les indicó que les ayudaría a pasar mezclados entre las ovejas y pasarían la vigilancia del encargado de su custodia por tratarse de un hombre ciego. Con la mayor rapidez fue informado el rey mandando suficientes hombres para que esa misma noche la soldadesca se apoderase de la ciudad.

    Se hizo tal como había dicho el pastor, puesto que él se encargó de distraer al ciego, mientras hablaban iba tocando este las ovejas y no se percató de la hábil entrada que hicieron un buen numero de soldados cristianos, ya que se cubrieron con pieles de ovejas que mataron. Una vez dentro se lanzaron sobre los centinelas a los que mataron sin apenas darse cuenta de lo ocurrido. A una señal irrumpieron los soldados que esperaban junto al río y poco a poco pasó parte del ejército, iniciándose combates a lo largo de toda la noche. Cuando al día siguiente el sol inundaba con sus rayos la ciudad ya no era árabe sino cristiana. Era ese el día 21 de septiembre, festividad de San Mateo, cuando el rey Alfonso VIII recibía las llaves de aquella ciudad llamada Cuenca y que había sido calificada de inexpugnable.Como había prometido aquel joven rey dio inmediatamente la orden de comenzar la ermita, puesto que se habían hecho ya las zanjas y elegido la piedra que se utilizaría. En poco tiempo se levantó siendo bautizada con el nombre de Santuario de la Virgen de la Luz, debido a que un pastor cristiano había visto una luz cuando pasaba de noche por el puente y al acercarse vio a la Virgen con un candil en la mano. También se ha conocido este Santuario con el nombre de la Virgen del Puente.


Puerta de San Juan (entonces puerta de Aljaraz) 
por la que Martín Alhaja pasó con los soldados camuflados entre el rebaño.


    Se cuenta que allá  por el año 1345 unos frailes llamado "Antoneros" fundaron una especie de convento-hospital en el cual se curaban aquella serie de enfermedades terriblemente peligrosas de la Edad Media, destacando entre todas ellas, el "Fuego Sacro", que algo más tarde recibiría el nombre de "mal francés". Esta congregación hospitalaria de frailes hizo mucho  bien a los enfermos, tenían a San Antón como patrono, y precisamente a esta cirscunstancia se debe esta duplicidad de nombre referido a esta parroquia denominada Virgen de la Luz y San Antonio Abad (San Antón).    Las apariciones de la Virgen fueron varias a lo largo de los nueve meses de asedio, motivo por el cual el rey vigiló muy de cerca el levantamiento de aquella ermita cuya construcción primitiva en el siglo XIII ha ido desapareciendo en el transcurso del tiempo debido a las reformas efectuadas, pues la Parroquia es de estilo barroco, quedando aún su portada plateresca.

    No sólo en los nueve meses que duró el asedio de Cuenca el rey Alfonso VIII prefirió nuestra ciudad por otras, sino que su predilección llegó al extremo de tomarla por residencia adoptando a sus ciudadanos como su pueblo predilecto. Su corte realmente itinerante en Cuenca fue por diez años con objeto de probarla, de tal manera que aquí naciese su hijo el infante don Fernando, el 29 de noviembre de 1189. Le otorgó el Fuero, considerado como una pieza de capital importancia en la historia del Derecho Español. Cuales serían los privilegios y exenciones que otorgaba a sus habitantes que se hizo famoso el dicho: "Di que eres de Cuenca y entraras de balde".    Al a Virgen del candil, Virgen de la Luz o Virgen del Puente, se le atribuyen muchos milagros y curaciones de enfermos graves que llegaban al convento-hospital con la esperanza de curación. Se cuenta que en un día allá por el siglo XVI llevaban a ajusticiar a un reo, al parecer acusado de ladrón. Como el reo no cesaba de gritar su inocencia pidió que al menos lo dejasen postrarse a los pies de la Virgen a fin de ofrecerle su sacrificio. Concedido lo que solicitaba y en el preciso momento de cruzar la fachada de la iglesia, éste cayo fulminado por un rayo, tomándose esto como prueba de su inocencia.

   

EL TORMO ALTO, UNA TUMBA PARA VIRIATO



   Una de las muchas leyendas que todavía se comentan, versa sobre el Tormo Alto, esa sublime figura que parece más bien el resultado de un acto de brujería, en donde se juega con el equilibrio y alguna que otra ley física, considerado como la tumba de aquél pastor lusitano que recorrió a lo largo y a lo ancho la Celtiberia: Viriato.


   Se dice que cuando un grupo de hombres de nuestra Serranía descubrió por primera vez el Tormo Alto quedaron ensimismados creyendo que se trataba de algo mágico, y le bautizaron con el nombre de LA ESFINGE. Pues servia para orientar a los que transitaban por la Ciudad Encantada, decían unos, y para otros representaba la imagen de un dios de pueblos antiguos, posiblemente desde la época de los griegos.Hay también quien dice que era la representación de una diosa lunar que llegó a castigar a los maridos que no eran fieles a sus esposas, convirtiéndoles en piedras de formas extrañas. 


   Cuando aquel pastor lusitano, para otros un bandido, llamado Viriato, había inflingido muchas derrotas a las legiones romanas, vino a ocupar Segóbriga, recorriendo casi toda nuestra provincia, parece ser que llegó a enamorarse de una bella mujer conquense. Siempre iba a visitarla a su casa llegaba rodeado de un numeroso grupo de hombres de confianza, ya que no se fiaba de nadie, pues sabía que los romanos intentaban darle muerte al precio que fuese preciso pagar.


  Como esa bella joven vivía en el centro del pueblo se situaban varios de sus guerreros vigilando todas las calles que daban al lugar de donde se encontraba Viriato, el resto rodeaba el pueblo para que nadie entrase ni saliese sin ser controlado por ellos. Siempre procuraba estar en alguno de los campamentos más cercanos al pueblo de su amada, puesto que al no encontrarse de campaña solía visitarla casi todos los días. A veces se pasaba largas temporadas sin aparecer por allí, y contaban que varias ocasiones, al ser herido, tuvo que ser visitado por ella en su propio campamento.

   En una época en la que los romanos le atacaban continuamente resultó herido en una operación de limpieza que había desarrollado con un gran grupo de hombres por el sistema de guerra de guerrillas. Por tal motivo la joven conquense iba con frecuencia a verle, para ello Viriato mandaba una patrulla de soldados al frente de la cual solía ir uno de sus hombres de confianza con objeto de acompañarla tanto a la ida como a la venida. Pero en una ocasión cuando regresaba de verle, fueron atacados por un nutrido grupo de soldados romanos que sabían de esta circunstancia e intentaban por todos los medios apoderarse de la joven para tener maniatado al peligroso y escurridizo caudillo lusitano.

   Aunque le tendieron una emboscada, el capitán que mandaba la patrulla supo dar buena cuenta de los atacantes al situar a sus hombres, todos perfectamente preparados para la guerra, en una ladera bien nutrida de pinos y carrascas. Allí aguantaron la embestida de los romanos, dejándoles adentrarse en aquel bosque envolviéndoles en una bolsa hacha por sus guerreros para atacarles por todas partes a la vez. Aquello que podía haber sido una matanza para los hombres de Viriato y el rapto de su amada, terminó siendo otro severo castigo para aquel ejército invasor a base de acciones sueltas como aquella.

   Al parecer, en otra de las visitas llevadas a cabo por la joven, ambos pasearon por la Ciudad Encantada a lo largo de varias horas, permaneciendo a la sombra del Tormo Alto la mayor parte del tiempo. Y según se dice en la leyenda, Viriato dijo a su amada que si muriese en acción de guerra le gustaría que incinerasen su cuerpo en aquel lugar tan bello que la madre naturaleza había creado: el Tormo Alto. Caso de morir por muerte natural le pidió que lo enterrasen bajo aquella figura que para él representaba a su dios al que tantas veces se encomendaba allí mismo.

   Dado que aquella noche los soldados de Viriato iban a celebrar una de sus últimas victorias sobre los romanos, éste pidió a la joven que se quedase a contemplar la fiesta que tenían preparada, ya que esto lo solían hacer en las noches de luna llena. Aunque el caudillo estaba herido se celebraría este festejo al estilo que el pueblo celtíbero tenía por constumbre hacerlo, con la diferencia de que allí no bailarían en familia a las puertas de sus casas, sino que lo harían los soldados. Tampoco sacrificarían víctimas humanas, en su lugar tenían preparados unos corderos y unas ovejas que desempeñarían la misma función.

   Previamente, un grupo de guerreros preparó una fogata en el centro del campamento, empleando para ello madera de carrasca y pino además de abundantes ramas secas, dando un aspecto fantasmagórico a aquel singular rincón de la Serranía conquense.

   Como el Tormo Alto se encontraba en el mismo campamento en donde se preparaba la fiesta, un grupo de soldados bailaron su danza típica alrededor de " La Esfinge", cuyos gritos y gestos enardecían a todos los presentes. A continuación sacrificaron ante el Tormo las ovejas y corderos que después serian para que todos comiesen a lo largo de la noche, ya que solía prolongarse hasta el amanecer.

   Una vez recuperado Viriato continuó sus acciones guerreras realizando a veces prolongadas salidas, pero nunca se olvidaba de su joven amada, regresando a su lado cuantas veces le era posible. Pero cada vez tenía más enemigos, no sólo ante los romanos sino entre los mismos suyos, muchos le envidiaban y él lo sabía, por lo que debía estar en estado de alerta continuamente. En una gran parte de la Celtiberia derrotó a sus enemigos en múltiples ocasiones, motivo por el que preocupaba este personaje cuyo nombre causaba pavor en los ejércitos enemigos. Parece que hubo consignas del alto mando para que terminasen con él costase lo que costase.

   Un día, tres de sus capitanes, se vendieron por unas monedas asesinado a su jefe mientras dormía en su tienda del campamento. Pronto corrió la noticia como un reguero de pólvora y cuando los Celtíberos vieron muerto a Viriato, al que bautizaron como Caudillo de las libertades ibéricas, en aquel pintoresco lugar de los riscos de Villacabra, en pleno Señorío de Molina, se apresuraron a recoger el cuerpo inerte y ensangrentado de su jefe para evitar pudiese ser profanado por sus incontables enemigos. Inmediatamente comunicaron a la amada la triste noticia acompañándola hasta el mismo pie del Tormo Alto en donde tenían el cuerpo del querido caudillo y jefe.

   No resultó tarea fácil subir su pesado cuerpo a la cima de La Esfinge, pero una vez allí fue rodeado de tomillo y mejorana, siendo incinerado mientras sus guerreros danzaban alrededor de aquella tumba considerada la más bella que jamás haya habido en toda la tierra. Su amada alzaba la vista hacia aquellas llamas que encerraban el amor de su vida y lo diluían poco a poco hasta hacerlo desaparecer.

   Terminaron de recoger sus cenizas cuando ya llegaba el nuevo día fueron esparciendo por toda aquella zona de la Ciudad Encantada en donde uno de sus campamentos estuvo instalado muchos años. La encargada de aquella misión fue la joven conquense, puesto que había sido lo pactado con aquel hombre que aún habiendo sido un humilde pastor llegó a ser uno de los personajes más famosos de su tiempo y de la Historia de España.

   Continua diciéndonos la leyenda que durante bastantes años, una noche a la semana se podían comtemplar desde lejos la misma imagen que se vivió aquella del crematorio, escena que impresionaba a todo aquel que llegó a verla. Pero lo más curioso era que si se encontraban junto al Tormo Alto no apreciaban absolutamente nada. 

Fue un misterio que jamás supo descifrar ninguna mente humana.

También llegaron a oír el murmullo de las danzas que sus guerreros le hicieron durante algún tiempo, así como los sollozos de aquella mujer conquense que amó a Viriato hasta después de su muerte y de la que nunca más se supo. Aunque se dice que alguien la vio un día en la cima del Tormo Alto alzando los brazos al infinito y pronunciando a grandes gritos el nombre de aquel pastor lusitano que había llenado su corazón de gozo.





Tormo Alto en la Ciudad Encantada.




LA CATEDRAL DE CUENCA, 
EL SANTO GRIAL Y NOSTRADAMUS

En relación con la Catedral de Cuenca existen un gran número de leyendas y mitos, como es el de La catedral de Cuenca y el Santo Grial. Respecto a este tema hay una leyenda según la cual Constanza de Aragón (1179-1222), hija de Alfonso de Aragón y reina viuda de Hungría, tuvo muy mala salud desde los 14 
años. Devota de San Julián, desahuciada por sus médicos, quedó sumida en un profundo sueño cuando se encomendaba a Dios pidiéndole que le sanase. En este sueño tuvo la visión de San Julián revestido de pontifical, quién le aseguro que curaría de sus dolencias si enviaba a la Catedral de Cuenca a recoger una de las cestillas que había dejado allí (la cesta es uno de los símbolos del Grial), y que una vez en sus manos sanaría de inmediato. Recobrada de esta manera su salud, pudo casarse por fin con su prometido, el rey de Sicilia Federico, electo emperador de Alemania en 1210 y coronado por el papa Honorio III en 1222. La emperatriz Constanza falleció ese mismo año, por esta razón es altamente probable que la ampliación de la Catedral fuera patrocinada por el propio Federico II a partir de esa fecha.
Otro hecho a destacar referente a Catedral es la hipótesis que la relaciona con una de las profecías de Michael Nostradamus (1503-1566), médico y astrólogo francés de ascendencia hebrea, que alcanzó gran fama y prestigio después de que alguna de sus profecías se hubieran cumplido y que relaciona la Catedral de Cuenca, tal y como recoge Rodrigo de la Luz en su obra: “El misterio de la Catedral de Cuenca”, con el templo de Nostradamus, donde se guarda el tesoro, que lo identifica con la promesa Apocalíptica de la salvación, en el que se producirá la salvación física de la sangre humana en el cataclismo final. 

Nostradamus predice que los que se refugien en él durante el Cataclismo, recibirán menos daño que las rocas que lo rodean, mediante el mensaje recuperado por alguien que se distinguirá por sus orejas. 

C-3-VI 
En el templo cerrado el rayo penetrará, 
Los ciudadanos extenuados en sus fuertes: 
Caballo, bueyes hombres la onda los tecará 
Con hambre, sed los más débiles armados. 
C-8, XXIX 
En la cuarta columna se consagrara a Saturno, 
Por tierra temblante y deluge partido 
Bajo el edificio Sturnino encontrada urna, 
De oro Capión contento y luego rendido.
C-1, XCVI 
Aquel que tendrá a su cargo destruir, 
Templos y sectas cambiados por fantasía: 
Más a las rocas que a los vivientes dañará, 
Mediante lenguas adornada con orejas recogidas



Catedral de Cuenca.

Fuente: "En Abril... La Catedral de Cuenca". Servicio de Información y  Referencia.  BIBLIOTECA PÚBLICA DE CUENCA  



LA ROCA DEL CABALLO


Cuenca, 1595. Eran las fiestas de canonización del Santo Obispo San Julián, la ciudad estaba engalanada para este acontecimiento y sus gentes derrochaban alegría y vitalidad. La Plaza mayor era el punto de reunión y donde se presenciaban los diferentes juegos y donde todo el mundo hablaba y lo pasaba bien.

También estaban entre la multitud los hermanos Diego y Fernando Carrilla y Alarcón. Hermanos gemelos e increíblemente parecidos. Eran guapos y valientes, elegantes y diestros con la espada y la monta de sus caballos. D. Diego era muy religioso, sencillo y muy tranquilo. Por el contrario, D. Fernando tenía más picardía y le gustaba alternar con la gente y sobre todo con las cortesanas. Ese mismo día a la salida de la Catedral Dª Beatriz de Sandoval, una joven hermosísima, huérfana por parte de madre y con el padre fuera de España, era acompañada por la dueña a su casa en la plaza de San Nicolás. El joven D. Diego se quedó prendado de la joven, y Dª Beatriz igualmente de D. Diego. Por ello no faltaron ni un día a las misas de la catedral en las cuales cautivamente cruzaban sus miradas de forma prudente pero premeditada. Y más aún, se pasaban cartas de amor utilizando a la dueña como intermediaria. En una última carta Dª. Beatriz escribía: " Si hay un pañuelo en la reja esperad. Si no está, volved más tarde".

La dueña queriendo entregar esta carta al señor D. Diego, y a causa del parecido entre los hermanos, la entregó a D. Fernando que también estaba enamorado de Dª. Beatriz.

Esa misma noche en la reja se juntaron Dª. Beatriz y D. Fernando, y también en esa misma noche pasó por San Nicolás D. Diego. Viendo el pañuelo en la casa de su amada y unas sombras sospechosas saco su espada y arremetió contra el caballero que se despedía de la bella dama. La lucha fue muy igualada, pero termino con un fratricidio. Don Diego se acerco para ver a su contrincante malherido y vio que era su hermano Fernando.

Cogiendo su caballo y a todo galope huyo por la calle Alfonso VIII, después la calle Andrés de Cabrera y saliendo de la ciudad por la puerta de San Juan llego hasta las orillas del río Júcar, Don Diego castigaba a su caballo para cruzar el verde río, y el caballo se negaba por la gran fuerza del agua, pero al fin a fuerza de golpes el caballo se decidió.

La corriente hizo que fuera imposible llegar a la otra orilla e hizo que el caballo muriera al golpearse contra una roca en medio del cauce.

Esa roca a partir de ese día se llamó la roca del caballo. Don Diego por el contrario con grandes esfuerzos logró volver a la orilla cayendo desmayado. Pasaron los meses en la ciudad de Cuenca, pudiéndose oír comentarios sobre el señor D. Diego el cual se dice que entró en un convento. Y don Fernando recuperado milagrosamente de la herida fatal se casó con Dª. Beatriz Carrillo de Alarcón. Nadie supo nunca los hechos reales de esta historia de amor, menos la luna de Cuenca, el Río y la ROCA DEL CABALLO.





EL CRISTO DEL PASADIZO


Julián es un apuesto mozo de familia humilde que se gana honradamente la vida como jornalero. Sin embargo, ha cometido un grave error: enamorarse perdidamente de la bella Inés.

Todas las tardes, después del trabajo, acude a la reja para cortejarla. En los ratos de comunicación, sueñan con su futuro hogar y en la felicidad que mutuamente se proporcionarán.

Los padre de Inés no están muy de acuerdo con los proyectos de los jóvenes, pues aunque aprecian a Julián por sus virtudes y cualidades, sin embargo, no pueden permitir que su hija descienda de posición social y casarse con un pobre menestral.

Por aquel entonces, llega a Cuenca un emisario real para hacer leva de soldados con destino a las guerras de Italia. Julián no lo piensa dos veces ya que es una buena ocasión para hacer fortuna, y, pensando en su futuro hogar, se alista en el ejército.

La noche antes de partir, Julián e Inés, de rodillas ante el Cristo del Pasadizo, se juran fidelidad en la espera. Ninguno de los dos pensará en casarse con otro mientras no tenga la certeza de la muerte del amado.

Inés queda muy triste y apenada. Pasan los meses, y aunque de tarde en tarde Julián manda noticias, a la bella Inés la espera se le hace larga y aburrida; pretendientes no le faltan… Al fin cede a los requerimientos de Lesmes. La madre reprende la ligereza de Inés, pero ésta prefiere aun Lesmes que la "arrulla" y le hace vivir de ilusión, que a un Julián lejano y sujeto a los peligros de la guerra.

Han pasado dos anos. Julián vuelve a Cuenca cargado de laureles y con un porvenir abierto en la carreta de las armas. Nada ha comunicado a Inés, para que la grata sorpresa sea mayor.

Por la noche, y a la hora de costumbre, acude a la cita en la reja; juntos darán gracias al Cristo del Pasadizo por haberle devuelto sano y salvo y con un porvenir esperanzador.

El asombro de Julián es enorme al encontrar su puesto de la reja ocupado por otro pretendiente; dejándose llevar por la ira, se lanza espada en mano contra el felón usurpador de su amor. Lesmes se defiende, y usando arteras mañas lleva a Julián hacia un escalón de la calle, donde éste, inadvertidamente, pierde pie y cae. Lesmes aprovecha felonamente la coyuntura y atraviesa a Julián con su espada.

Inés, desde su reja, ha pedido auxilio desesperadamente. Acude la ronda en el momento en que Julián se desploma exánime. Lesmes intenta huir, mas se ve acorralado; sube a las almenas del Camino de la Ronda para, desde allí, probar el salto al camino inferior, pero ce con tan mala fortuna que se desnuca.

Inés, culpable de perjurio y causante de la muerte de dos hombres, se recluye en el convento de las "Petras" para hacer penitencia de sus pecados y rogar por la salvación eterna de aquellos cuya muerte causó.


Cristo del pasadizo.




LA LEYENDA DE LA CAMPANA


El Rey Carlos III en el siglo XVIII decidió cerrar todos los monasterios de los Jesuitas. 

Por ello el convento que hay cerca de la Iglesia de las Angustias en el cual convivían los Jesuitas de Cuenca, fue también clausurado. 

Todos los monjes y enseres salieron del modesto convento para ser sellarlo y cerrado.
Pero poco tiempo después, los ciudadanos de Cuenca notaron que sonaban campanas dentro del palacio, y más aún, se podían notar ruidos extraños y además los sonidos de un órgano. 

Todo Cuenca estaba conmovido. Nadie sabía lo que podía estar pasando, y las historias y rumores corrían por toda la ciudad. 

Las autoridades por fin se decidieron a entrar para resolver toda esta misteriosa historia. Y allí dentro encontraron, al monje más viejo de los Jesuitas. Estaba muy malo casi muerto de hambre puesto que comía de los frutos de la pequeña huerta que tenían en la parte posterior. 

Este monje era el que tocaba las campanas del edificio, y hacía los ruidos que a toda la ciudad tenían atemorizados. 

El pobre hombre murió al día siguiente de salir de su convento.


Imagen del antiguo convento.

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